Te convoco al espacio inagotable del lenguaje que somos, a compartir la pasión y el entusiasmo, la creencia y el desasosiego, la vida y la muerte, en un paraje de razones y argumentos que ocasionalmente se apoderan de nosotros y que sin embargo podemos revertir y apropiarnos de ellos críticamente.
Desde que aprendimos a hablar este bello idioma castellano hemos estado comprendiendo y enseñando incansablemente por lo tanto resulta complicado clasificar a los maestros y los discípulos porque estos roles son intercambiables y cuántas veces descubrimos que algunos discípulos son aquellos que no sólo nos proporcionan las mejores ocasiones de investigar sino que además nos ofrecen encuentros con panoramas desconocidos o totalmente nuevos.
Para esta tarea de pensarnos no contamos con el escéptico ni con el absoluto pesimista, ya sabemos que sólo tienen objeciones y no están interesados en que nada se construya sino en todo caso en que todo lo posible se vuelva imposible. Nos van a desgastar.
No podemos demostrar que existimos o que nos expresamos, o que el motivo de nuestra vida son las aspiraciones, las expectativas y los propósitos de corto o de largo alcance.
Pensar con palabras es el modo más económico, fecundo, posibilitador de hacer lo real, de hacer un mundo, de constituirnos como sujetos latinoamericanos cosmopolitas y contextualizados. A pesar de que casi todas las teorías del pensamiento que hemos estudiado, del conocimiento, y de la realidad nos señalaban un mundo extraño al nuestro: con un sujeto promedio o trascendente, con una realidad organizada por un demiurgo, con un miserable intermediario entre la mente y el mundo (el lenguaje, la percepción, por ejemplo) nunca hubiéramos podido entenderlas o enseñarlas sino con palabras, entonces les preguntamos a esas teorías cómo es que no se les ocurrió incorporar el tema del lenguaje y sus posibilidades sociales y así se hubieran ahorrado la gran cantidad de intermediarios entre la mente y el mundo, el sujeto y el objeto de conocimiento.
No todos, algunos pensadores en occidente nos proporcionaron marcos teóricos en los que cabe el ejercicio de nuestro lenguaje y nuestra interpretación. Asoma un espacio de lucidez para cada sujeto en el modo de una página que hay que construir con el propio discurso, con las propias opiniones, con los propios problemas, con el compromiso propio. Sí, leímos este espacio en teorías y en obras literarias donde el lenguaje es protagonista y el lenguaje siempre es una particularidad con marcas estilísticas, históricas, situadas y básicamente relacionales.
Asoma nítidamente un quehacer cuando comprendemos que el mundo no es una globalidad superestructurada sino que se sostiene en una inmensa cantidad de decisiones, medidas, proyectos, infamias y aspiraciones que leemos y posibilitamos entre todos.
No pienso que el mundo sea un ámbito gigante y devorador que nos asfixia y determina, no pienso que hayamos caído en el individualismo extremo, pienso que no hemos aceptado el desafío de leer de otro modo lo que nos pasa y principalmente analizar cuáles son los reservorios semióticos que nos condicionan.
Finalmente, como puse en la dedicatoria de la tesis doctoral: para aquellos que crean que podemos ser yo, sin dejar de ser nosotros.